viernes, 30 de mayo de 2014

Lazos eternos: Capítulo II



Tras un largo e intenso día, al fin habían llegado a casa. Lo primero que hizo Donna fue tirarse en la cama y arrojar las botas contra el suelo. Yenedey sin embargo, fue derecho a la nevera a beber un poco de Coca-Cola fría directamente de la botella. Por la mañana habían ido a la montaña, anduvieron un par de horas hasta llegar a la cima. Una vez allí prepararon un gran picnic con las cosas que habían llevado, sanwits, manzanas, galletas de chocolate, unas nueces, y un par de botellas de agua. Todo esto sobre un mantel de cuadros rojo, como tantas veces habían visto en las películas. Después de comer se echaron abrazados sobre  una manta gris para disfrutar del cálido sol. Por la tarde cuando ya empezó a refrescar, recogieron todo y bajaron de nuevo a la ciudad. Como ultima sorpresa Yenedey Sura invito a Donna a cenar en un elegante restaurante, después de una sesión de cine.
- ¡Awh! menudo día eh…
Susurro Yenedey lanzándose sobre la cama
- Estoy reventada, hacía mucho que no salíamos.
- ¡Ay ven aquí! ­- indico el muchacho rodeándola entre sus brazos. - Tengo que decirte algo, pero no te va a gustar.
- ¡Vaya! ¿Por eso ha sido todo esto? ¿La excursión, el cine, la…
- ¡No, no, no! Quería pasar el día contigo, eso es todo. Pero...
- ¡Venga suéltalo ya!
Donna se había incorporado cruzando las piernas sobre las mullidas mantas, por lo que  Yen no tuvo más remedio que imitarla.
- No es tan grabe, es solo que voy a irme a pasar el verano con mi familia, he hablado con mi madre y se lo prometí.
- Ah, es eso. ¿Todo el verano?
No entendía por qué Yenedey pensó que no le gustaría, sí, era cierto que pasarían bastante tiempo separados, pero también entendía que estar con su familia era algo que le hacía feliz y que de hecho lo necesitaba.
- Si, volveré cuando empiecen las clases.
- Me parece bien. ¿Me llamaras?
- Sabes que sí, preciosa. - Concluyo besándola con pasión.

La siguiente semana fue muy dura para Donna, pues aunque sabía que su amado contactaría con ella y que solo serían un par de meses, no podía evitar pensar en estar más de siete días sin él. Las pocas veces que se había ido, lo había echado muchísimo de menos, por no mencionar la de barbaridades que se le pasaba por la mente, tales cosas como: <<¿Y si ya no me quiere?, ¿y si no vuelve?, ¿y si se olvida de mí?>>. No es que fuese una persona dependiente ni mucho menos, sin embargo lo había pasado tan mal, que tenía miedo de que le rompiesen el corazón de nuevo. Otra de las razones era que no se sentía segura de sí misma, se veía como una chica del montón. Sin embargo Yenedey era… un ángel caído del cielo. Era un poco más alto que ella, esbelto y musculoso con una tez ni muy pálida ni muy morena, su cabello tan negro como la noche y unos preciosos ojos castaños. Así es como ella lo veía, como la cosa más bonita del universo. Pensaba en por que alguien como él se habría fijado en alguien como ella. << Sí, el físico no lo es todo, aunque en la sociedad en la que vivimos hoy en día, te dan a entender todo lo contrario. Él podría estar con quien quisiera, de hecho sé que hay un par de chicas interesadas en él, sin embargo esta conmigo...>>  A pesar de las dudas de la muchacha Yenedey la quería, se quedó prendido por ella casi al instante en que la vio. Le pareció… diferente. No era la típica mujer manipuladora, controladora y amargada, ella estaba siempre alegre, riendo casi por cualquier cosa, una persona muy calmada y con ciertos toques de locura, algo que le encantaba.

Habían pasado tres semanas desde que se fue. La última vez que Yen la llamó por teléfono, estuvieron hablando casi una hora y media. Conversando de cosas sin sentido, lo que habían estado haciendo, historias para pasar el rato y sentirse ambos al otro lado del teléfono. Se echaban mucho de menos.
Sin embargo una mañana recibió una llamada telefónica que le partiría el alma. Malas noticias me temo. Era Sarah la que estaba detrás del teléfono, la madre de Yenedey, Una mujer encantadora que inspiraba confianza a primera vista. Le conto que Yenedey había salido a dar una vuelta en el coche y tuvo un lamentable accidente. Un accidente que acabo con su vida.

*

Abrió los ojos de golpe al mismo tiempo que se incorporaba. Estaba nerviosa y bañada en un mar de sudor. Ahora lo recordaba todo. O casi todo al menos.  Yen había muerto, o eso le dijo Sarah. Lo que estaba claro era que la había mentido y se sentía ofendida y dolida por ello. ¿Por qué lo haría? En realidad no necesitaba preguntarlo, sabía perfectamente porque lo hizo. Ya no la quería, no sabía cómo decírselo y le pidió a su madre que la llamara para fingir una falsa muerte. Ahora si iban a tener que conversar seriamente y sin tapujos. ¿O seria acaso que…? No… ¿Pero cómo explicar el cambio que se produjo en su ciudad?
Unos golpecitos en la puerta sacaron a Donna de sus pensamientos.  <<Genial Yenedey ya ha vuelto>>. Corrió hacia ella y la abrió con un gran impulso, pero no era el quien estaba tras el marco. En su lugar un hombre alto y corpulento de facciones duras pelo corto y piel negra la miraba con aspecto preocupado. Tenía una ligera perilla bajo el labio inferior y  Vestía ropas elegantes. <<Parece un segurata>> Pensó Donna.
- ¿Se encuentra bien señorita Clapton?
- ¿Quién es usted?
- Oh! Discúlpeme, que grosero… Mi nombre es Roger Cutler, soy un gran amigo de Yenedey. Me alojo en el apartamento de al lado, he escuchado gritos y he pensado que tal vez…
- Si si, solo ha sido una pesadilla lo siento.
- ¿Se encuentra el señor Sura en casa?
- La verdad es que no, dijo que volvería al anochecer.
- Ya son las once y veinticinco le llamare por teléfono, lamento las molestias. Si necesita cualquier cosa, señorita Clapt…
- Por favor solo Donna y no es necesario que me tutee.
- Discúlpeme, si necesitas cualquier cosa estoy en esa puerta.
- Si… ¿Qué día es hoy?
- Veinticinco de mayo
- ¿De qué año?
Tal vez Roger ayudaría a Donna a salir de dudas, aunque parecía bastante reacio a contestar su pregunta.
- ¡Valla! Ahí viene Yenedey.
- Yo no veo a nadie.
En ese preciso instante el joven y seductor Yenedey Sura giro la esquina e hizo acto de presencia. No parecía demasiado contento más su expresión cambio a preocupación al ver a Donna junto a Roger.
- ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?
- Tranquilo la pobre muchacha solo ha sufrido una pesadilla.
- ¿Y que era?
- Tu muerte - Declaro Donna. Roger y Yenedey se miraron con complicidad ¿A qué se referiría la muchacha con tu muerte? ¿Habría descubierto lo que son?
- Entremos -  sugirió Yenedey.
Una vez dentro los invito a tomar asiento en el sofá, recogió el vaso con la bolsita de tila que había utilizado Donna y en su lugar coloco una jarra de té con tres tacitas a juego y un azucarero rojo.
- Tienes mala cara Donna - Indico Yenedey tocándole la frente - ¿Te encuentras bien?. - Si pudiese ser posible se apreciaría que la muchacha estaba más pálida que de costumbre. Ya no se apreciaban sus mejillas rosadas y bajo los ojos empezaban a asomar unas bolsas azules además de que sus labios comenzaban a ponerse morados.
- No, ya me encontraba mal antes pero parece que voy a peor ¿Tienes una aspirina?
- Yo se la traigo - intervino Roger - tu búscale una manta, está tiritando.
- Sí.
No tardó mucho en volver con la manta que le coloco con dulzura por encima.
- Lo he recordado todo ¿sabes?
- ¿De verdad?
- Mira si no querías estar conmigo simplemente habérmelo dicho… pero pedirle a tu madre que me diga que estás muerto me parece una crueldad y que sepas que…
- ¿De dónde te sacas eso preciosa?
- ¿Qué? -La pregunta dejo perpleja a la joven Donna, había tanta dulzura en sus palabras que se empezaba a preguntar si no estaría realmente confundida con sus estúpidas teorías. - Bueno… yo… Lo siento - dijo finalmente comprendiendo que no era así al ver la cara de dolor de Yen. - Tu madre me llamo. Me dijo que habías muerto en un accidente de coche. ¿Tienes idea del daño que me ocasiono esa noticia? Estuve llorando días y días sin parar…
- Donna… perdóname… hay cosas que no puedo explicarte aun.
- ¿Por qué? ¿No confías en mí?
Yenedey reflexiono en silencio. Tenía razón, claro que sí, confiaba con todo su ser en ella, simplemente tenía miedo, miedo de que no lo entendiese, de que no lo asimilara y le abandonase.
- Tengo miedo
- ¿De… de qué? - Consiguió decir Donna entre tos y tos. Había empezado a darle una fuerte sacudida de catarro, por un momento, sintió que le faltaba el aire. En ese instante llego Roger con la aspirina, pero comprendió de inmediato que lo que le estaba sucediendo a la muchacha no era ningún síntoma que se pudiese curar con una simple pastilla. Yenedey se levantó de golpe preocupado por Donna intentaba calmarla, pero estaba más alterado el que ella, no cesaba de preguntarle que tenía, que le sucedía, pero ella no podía hablar. finalmente se desmayó en el sofá.

- ¡Yenedey!, está en tránsito.


domingo, 25 de mayo de 2014

Lazos Eternos: Capítulo I


- Ve a buscar a Yenedey, que venga enseguida.
- Ahora mismo señor.
Roger se quedó helado ante la imagen que tenía delante. Lo cierto era que nunca antes la había visto en persona, es más, debería ser imposible que aun siguiese viva. No obstante ahí estaba, plácidamente dormida en el interior de una cámara de cristal. Su melena tan roja como el fuego, su tez blanca como la porcelana, no podía verle los ojos aun con todo  sabía sin ninguna duda que serían verdes como la esmeralda.

- Ya estoy aquí ¿Qué pasa?
- Tienes que ver esto. - Dijo Roger de forma tranquila mientras acompañaba al recién llegado al interior de la habitación. - ¿Es ella? … Es ella verdad…
Yenedey se quedó sin habla.  ¿Había alguna posibilidad de que siguiese viva? No, de ninguna manera.
- No… no estoy seguro. Sacadla de ahí y llevadla al piso vigía, enseguida saldremos de dudas.
Odiaba esa situación, sentirse tan inseguro… eso no era algo que fuese con él. Debía mantenerse frio, duro, inhumano, esa era sin duda su fachada, como había sobrevivido hasta ahora. Por fortuna Roger era un buen amigo suyo, casi podría decirse que era su único amigo junto con Fabián, sin importar que este último fuese humano. Ellos eran las únicas personas en las que podía confiar y por consiguiente las únicas que sabían de la existencia de Donna. En efecto nunca la habían visto ya que se suponía que desapareció aproximadamente ciento veinte años atrás. Pero habían tenido el privilegio de entrar en los aposentos de Yenedey, y así pues, observar varias fotos de el con Donna cuando aún era humano.


Todavía seguía inconsciente. Sentía resentidas todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo. No paraba de estirarse y de moverse pero al mismo tiempo se encontraba en un sueño profundo. Cuando al fin abrió los ojos se encontraba tan desorientada que se quedó buen rato mirando a la nada. Apenas se filtraban los rayos de sol a través de las rendijas de la persiana, por lo que la habitación se veía muy oscura, algo que sus ojos agradecieron. Aun en la cama miro a su alrededor. No reconoció el lugar mas si ciertas cosas que eran suyas, como un jersey, un marco fotográfico y varios libros. También pudo observar algunas de las pertenencias de su compañero.

En el apartamento de al lado, en una habitación con grandes pantallas holográficas, se encontraban Roger y Yenedey, observando a través de las cámaras que se hallaban instaladas en el piso donde dejaron a Donna. Este último no le quitaba ojo de encima, estaba realmente seguro de que era ella. Sus gestos, su aroma, su mirada… <<Sí no cabe duda que es ella>> pensó, aunque siempre queda la incertidumbre de si no sería alguna artimaña de Zacarias, algún hechizo por parte de uno de sus brujos o sencillamente  una muchacha que se estuviese haciendo pasar por la joven del piso de al lado, y si lo era desde luego se merecía el Oscar. Debía hablar con ella, pero ¿Y si le había olvidado?

*

Tras casi una hora de intenso aturdimiento, Donna decidió que había llegado el momento  de levantarse. El primer intento fue un desastre pues nada más apoyar la planta de los pies sobre la alfombra callo de bruces contra ella. Se escuchó un leve quejido pero lo volvió a intentar de nuevo, esta vez con más cuidado. Se sentía un poco mareada, seguramente  se levantó demasiado rápido de la cama. Comenzó a caminar rodeando el lecho, hasta que llego a la ventana y la abrió junto con la persiana, por fin algo de luz y aire fresco.
- ¡¡Yenedey!!
- Aquí estoy.
- Yen... ¿Dónde estamos?
- En casa
A pesar de su aparente calma el muchacho estaba echo un manojo de nervios,  se sentía mal por mentirla, y peor aún por no poder lanzarse a sus brazos, besarla y  acariciar su pálida mejilla. Al menos miraría el lado positivo. Donna se acordaba de él,  aunque parecía demasiado tranquila después de lo que sucedió poco antes de su desaparición.
- Creo que me ocurre algo.
- ¿A qué te refieres?
- Pues… para empezar me siento bastante débil y… ¿En casa?  Está claro que no estamos en casa
- Tranquila, ven - . Se acercó a ella rodeándola con los brazos para calmarla, al mismo tiempo que le indicaba que se sentase en la cama. Por fin pudo sentir su calidez cerca de él, respirar su aroma, sentir su cabello entre los finos dedos de su mano - ¿Qué es lo último que recuerdas? - Le susurró al oído.
- Te fuiste… recuerdo que llevabas varias semanas fuera de casa.
- ¿Recuerdas por qué?
- Claro. Querías pasar el verano con tu familia.
- Deberías descansar, no tienes buena cara.
- Me encuentro bien. De todas formas no creo que pueda dormir más. No sin antes entender que hacemos aquí o… ¿Cuándo has vuelto?
Yenedey comprendió entonces, que la muchacha no recordaba lo que había sucedido en los últimos meses.
- ¿Tienes hambre? Te traeré algo de comer.
Dicho eso se levantó y salió de la estancia con unos andares tan elegantes que dejaron a Donna perpleja. Se sentía tan confusa... No entendía lo que estaba pasando ¿Dónde estaban? Yen se había ido con una excusa tan burda, que  no hizo más que hacerla pensar que le ocultaba algo. ¿Por qué estaba tan distante?  
Volvió a levantarse de la cama buscando algo de ropa para cambiarse. En el armario no había más que un par de  chaquetillas de chándal y unos leggins negros, <<Menos es nada>>.
Yenedey aún no había vuelto por lo que termino de ponerse la chaqueta y salió a buscarle. El piso no era muy grande, por no decir que era demasiado pequeño en comparación a donde vivian antes. Según abandono la habitación encontró la cocina justo de frente, al menos todo estaba bastante recogidito y limpio, algo que llamo su atención ya que el muchacho no se caracterizaba precisamente por su afán a la limpieza. Seguramente tendría contratado un servicio de limpieza.
- La leche ya está caliente. Siéntate. - Casi sonó como una orden. Yen le puso el vaso caliente sobre la mesa, junto con un par de cruasanes. - ¿Quieres algo más? Unas galletas…
- No te preocupes, no tengo demasiado apetito.
- Tienes que comer algo preciosa.
- ¿Qué me ocultas Yenedey Sura? - Donna solo utilizaba su nombre completo cuando estaba enfadada, y ahora comenzaba a estarlo.
- En realidad esperaba que tú me lo dijeses. Te encontré inconsciente en una vieja fábrica abandonada y te traje aquí. Lo que paso ya no lo sé. También traje algunas de tus cosas para que te sintieses a gusto, algo de ropa unas fotos y eso… - No le dijo toda la verdad, pero al menos no le mintió del todo.
- Si, ya lo he visto. - Hubo un breve silencio - No me acuerdo… Cuando he abierto los ojos me he sentido como si fuera otro día cualquiera, he pensado que estarías a mi lado, nos levantaríamos, desayunaríamos juntos… pero después he recordado que estabas de vacaciones en tu pueblo. Cuando al fin he logrado ver algo  no he reconocido el lugar pero en esos momentos no me he dado cuenta me sentía demasiado atolondrada  hasta que al abrir la ventana y notar la brisa de aire fresco  en la cara he vuelto al planeta tierra, me he puesto muy  nerviosa y he gritado tu nombre, no esperaba que vinieses pero ahí estabas y ahora… estoy echa un lio…

*

Yen había tenido que marcharse, no le dijo a donde solo que volvería al anochecer. Le había dejado un par de libros para entretenerse, pero uno ya lo había leído y el otro le resultaba tremendamente aburrido. Lo cierto era que necesitaba salir, se estaba ahogando encerrada en esas cuatro paredes, además tal vez si salía lograría recordar algo. Pero no fue así. La confusión y las preguntas aumentaron a medida que caminaba. No había duda de que se encontraba en la misma ciudad, si, pero con unos cambios bastante notorios, empezando desde el suelo, las paredes, los edificios… todo había sido alterado parecía que hubiese participado en un viaje al futuro. Los coches eran más modernos, lujosos y silenciosos de lo que jamás había visto, no se hubiese sorprendido tanto si solo hubiese visto uno pero prácticamente todo el mundo llevaba uno de esos vehículos, al menos seguían hiendo por la carretera. Los carteles publicitarios eran ahora hologramas en 3D, hasta las papeleras parecía de lujo. Las vestimentas de la gente no habían cambiado demasiado, por suerte para ella aun con todo se sentía fuera de lugar.
No quería ver nada más, no sabía si podría aguantarlo, dio media vuelta y volvió a casa. Allí se sentía segura, confusa pero segura. Parecía un lugar normal sin artilugios extraños ni cosas modernas. Debía relajarse, estaba temblando como un flan y no de frio. Entro en la cocina y  se preparó una tila doble con mucho azúcar. El salón estaba a lado de la puerta de salida, no era demasiado grande pero sería suficiente para ella sola. En el centro, contra la pared, había un sofá de color azul, frente este un gran armario que sostenía unos cuantos libros, cachivaches y la televisión de plasma. En medio de estos dos, sobre una alfombra roja se encontraba una mesita baja de cristal, con el mando de la televisión y un par de posavasos de cristal sobre ella. Se sentó en el sofá y apoyo la taza de tila en el posavasos. Le parecía un lugar bastante frio, y deshabitado. Demasiado limpio. <<Tengo la sensación de que Yen ni siquiera vive aquí>> Pensó, ya que percibió que apenas había visto cosas de el en el piso.
Se terminó la tila y se tumbó en el sofá. Era ya media tarde y  Yenedey aún no había vuelto, claro que dijo que lo haría más tarde. No sabía si era el efecto tranquilizante de la tila o las experiencias vividas pero se sentía muy  cansada. Se acurruco en el sofá y poco a poco se fue quedando dormida.




sábado, 24 de mayo de 2014

Lazos Eternos





Sinopsis provisional:

Imaginar  tener todo el tiempo del mundo… Nunca morirás, nunca envejecerás.
Ahora imaginar que habéis perdido vuestra media naranja, vuestro único amor eterno y sentiros culpables. Sentiros culpables  por todos los conflictos que hay en vuestra vida y pensar que la han afectado de algún modo.
¿Cómo actuaríais si os dijesen que aún sigue viva? Conservada en una cámara durante más de cien años. ¿Y si fuera una estratagema de tu peor enemigo? 
¿Volverías a aceptarla en tu vida?





miércoles, 7 de mayo de 2014

Isanrra: Capitulo 3 ¿Quién es ella?

Capítulo anterior: Amnesia 


Sentada sobre la alfombra de la sala, un intenso olor a chocolate recién hecho se filtró por mis orificios nasales. Mi padre, se encontraba en la cocina preparándolo para desayunar, como hacia cada año nuevo.
Una vez hubo terminado, entro en la sala con una bandeja de churros recién hechos. Como siempre, olvido echarle el azúcar por encima y se lo eche en cara.
- Te dejo los honores a ti, princesa - dijo mientras me revolvía sutilmente el cabello con la mano.
Entonces yo no tendría más de seis años.
- Fiora, Fiora
Escuche mi nombre. Más no era más que un suave susurro en la lejanía, y sin embargo me hizo volver al presente sacándome de mi hermoso ensueño.
Trate de despegar mis ojos pero pesaban demasiado. Las pestañas se me habían pegado y la luz del sol dañaba mi vista. Note una presión insoportable alrededor de las muñecas. Al principio todo era borroso y confuso. Cuando mi visión se tornó más nítida  logre ver a mi amigo con la espalda apoyada contra un poste y las manos atadas con una gruesa cuerda por detrás de él. Me costó darme cuenta de que me hallaba en su misma situación.
- ¿Qué ha pasado? - Logre decir con esfuerzo. Mi boca estaba seca. El sol nos daba plenamente y hacia muchísimo calor.
- Dardos tranquilizantes, supongo. Parece una tribu de salvajes.
- ¿Una que…? - No estaba segura de a ver oído bien - Y ¿Qué es lo que quieren?
- Nada bueno, seguro. Mira
Señalo alzando la cabeza hacia delante, mostrándome un panorama que me dejo anonadada.
Frente a mí se alzaba un caldero enorme, de cuya parte inferior ardían las llamas rojizas sobre unos trozos de madera seca. Tirados por alrededor, había una variedad inhóspita de huesos que aparentaban ser humanos. No necesite indagar demasiado para llegar a la conclusión de que aquellas bestias querían cocernos a fuego lento. Me costaba creerlo ¿De dónde habían salido? Tras tanto tiempo en busca de un mínimo de civilización y teníamos que toparnos con unos elementos como aquellos.
Vestían con pieles que no cubrían más que sus partes glamurosas.  Su tez era morena, maquillada con pintura de diferentes tonalidades. De igual modo portaban símbolos extraños por el resto del cuerpo y andaban con los pies descalzos. Algún que otro abalorio con forma de colmillo, adornaba el cuello, tobillos o muñecas de estos salvajes.
- Lo siento. Te he fallado.
La noche que perdí a mi padre, Erick prometió que cuidaría de mí por el resto de la eternidad, que no permitiría que me nada sucediese. Pude notar en su mirada que aquella situación lo estaba carcomiendo por dentro, y no se me ocurría como calmarlo. Deseaba decirle que saldríamos de aquella horrorosa situación, pero como hacerlo cuando todo pare estar en tu contra.
 - No es culpa tuya Erick. Nada de esto lo es. Quiero que sepas que no lo he pensado en ningún momento y nunca lo hare ¿De acuerdo? - Aclare. - Mírame a los ojos. ¡Mírame a los ojos y dime que lo entiendes!
Trate de hacerle entender que mi supervivencia no era responsabilidad suya. Me negaba a  que se sintiese mal por ello.
Finalmente asintió.
Uno de esos tipos, deduje que se trataba del jefe ya que destacaba entre los demás por la enorme corona de plumas que lleva en la cabeza, se puso frente a nosotros y empezó a berrear algo en una lengua que desconocía, a la par que alzaba los brazos. El resto de sus secuaces comenzaban a crear un círculo en torno nuestro mientras canturreaban al unísono y golpeaban el suelo con un bastón.
Mi amigo cada vez estaba más pálido. Podía ver sus esfuerzos por tratar de zafarse de las cuerdas y lo imite. Si teníamos las manos libres, habría una oportunidad de escapar. Pero por más que tiraba y retorcía mis muñecas no lograba soltarme, ni siquiera se aflojaron un poquito. Esos tipos sabían cómo hacer buenos nudos, estaba claro.
- Fiora si vamos a morir aquí, quiero que sepas que te quiero.
- Lo sé. Yo también te quiero Erik.
- ¡No! No lo has entendido - Resultaba difícil escucharle por debajo de los gritos de nuestros agresores - Me refiero a que llevo años enamorado de ti.
¿Qué? ¿Acaso creyó que aquel era el momento más indicado para confesarme algo así?
Me quede en blanco. De la sorpresa cedi en mi intento desesperado por tratar de aflojar mis cuerdas. ¿Qué debía decir? Ansiaba contarle lo mucho que lo amaba. Que lo quería. Pero no deseaba hacerlo de aquel modo, no bajo esa presión de muerte. Pero ¿Y si no había más oportunidades?  
- Yo… yo… - ¡Vamos Fiora ahora o nunca! - Yo también te amo. - Estalle entonces. Si, lo había dicho. Al fin.
Me hubiese ruborizado de no ser por el lugar y el momento en el  que nos encontrábamos.
Los cantos se tornaban ahora diferentes y los salvajes que bailaban en círculo a nuestro alrededor, se detuvieron y comenzaron a golpear el suelo con los pies. Primero despacio y luego cada vez más rápido.
Tenía miedo, mucho miedo. Era el final,  ¡Aquellos bestias iban a meterme viva en un caldero! Solo de imaginar el dolor, lo que se debía sentir.
Deseaba que se abriese un agujero y se me tragase para siempre. Quería dejar de sentir. No existir, no haber salido jamás de casa. Una lágrima se escapó recorriendo mi mejilla. Gire la cabeza hacia el lado opuesto de mi amigo. No podía verme llorar, tenía que ser fuerte por los dos, tenía  que ser valiente.
Los golpes cesaron y en su lugar se escuchaba ahora el impacto de sus pies chocando contra el suelo. El Jefe hizo una especie de señal y también finalizaron los canticos.
Alargo el brazo señalándome con un dedo acusador mientras dejaba ver una media sonrisa siniestra en el rostro. Daba pavor.
Dos de sus esbirros se arrimaron a mí, uno de ellos llevaba un cuchillo en la mano. Temí lo peor. La sonrisa del tipo armado daba escalofríos. Alzo el artefacto aproximándose cada vez más y corto las cuerdas que me mantenían prisionera. En aquel instante, antes de que me diese tiempo a reaccionar, ambos hombres agarraron mis brazos, y me levantaron en el aire como si se tratase de una pluma.
No podría expresar lo aterrorizada que me sentí, y para más desgracia Erick no paraba de gritar que me soltasen, que le llevasen a él, que me dejasen libre. No quería que le llevaran. Ni tampoco que me llevasen a mí.
Haciendo acopio de valor, me revolví ante mis agresores gritando, intentando zafarme, pero eran enormes y muy fuertes.
La angustia comenzaba a recorrer cada célula de mi cuerpo. Ya no faltaba demasiado para ser asesinada a fuego lento y no podía hacer nada para evitarlo.
Me alzaron y comenzaron a arrimarme hacia la pira, ya casi estaba dentro,  podía sentirlo. el calor que emanaba de aquel enorme caldero recorría mis piernas temblorosas.  Me faltaba el aire, no podía respirar. Era el final, mi final.  Conforme me iban introduciendo en la olla, podía notar un leve mareo aproximándose. Iba a desmayarme.  Ya no podía mantener la compostura, la visión era borrosa… No.
A punto de perder el conocimiento, por alguna razón desconocida, sentí como las manos opresoras me soltaron. Choque contra el borde de la caldera y caí al suelo estampándome contra  las llamas que aun ardían, y por ende quemándome en el hombro.
Tenía los ojos humedecidos por las lágrimas y la vista aun difusa. Pero Lo que había frente a mí me dejo sin habla.
Era absurdo, posiblemente tan solo se tratase del producto de mi imaginación. Linces, eran linces enormes, tan grandes como lo puede ser una vaca o un burro. Tan altos como yo... ¿Pero qué diantres ocurría allí? Conté cuatro, luchaban fieramente contra los caníbales que hasta hace poco me tenían bajo sus dominios. Reaccione tan deprisa como pude y fui gateando hacia Erick. Trate de desatar sus cuerdas con desesperación, más no lo conseguí. el nudo era fuerte. Busque alrededor en busca de algo afilado que pudiese servirme, pero no encontré nada.
Uno de esos gatos enormes se estaba acercando demasiado a nosotros. Caminada de un modo hermoso, elegante,  pero a la par imponente. Las orejas echadas hacia atrás indicaban el descontento del felino. Sus fauces abiertas dejaban entre ver unos enormes y afilados colmillos blancos, y de su garganta brotaba un pequeño gruñido amenazador. Era el fin. En lugar de morir hervidos yaceríamos bajo las fauces de un… ¿Mutante?, ¿Experimento de laboratorio?
El felino empezó a convulsionarse, la imagen se volvió difusa un instante, y esa vez no eran solo yo. Erick estaba igual de perplejo, por lo que supe que no lo había imaginado.
- ¿Se acaba de transformar… en… en una chica? - Farfullo mi amigo.
Ante nosotros se alzaba ahora una hermosa mujer, de cabellos castaños con ojos brillantes y almendrados. Al igual que los salvajes también cubría su cuerpo con prendas de piel, mas esta parecía tener cierto estilo a la hora de vestirlas. Llevaba un top marrón con un solo tirante medio caído, que se le apoyaba en el hombro izquierdo, una falda del mismo tono, no demasiado larga y acabada en pequeños piquitos, y calzaba unas botas que le subían por encima de los tobillos. Su piel era tan bronceada que le daba un aspecto muy feroz y atractivo a la vez.
Se acercó a nosotros a la par que sacaba una daga del cinturón con aire sospechoso. Ante mi sorpresa aquella mujer corto las cuerdas que tenían preso a mi amigo. Sus tres compañeros, Dos hombres y una mujer, todos con vestimentas similares, se habían transformado también sin que siquiera me percatase de ello y se hallaban ahora tras la muchacha.
<<Ella debe ser la líder>> pensé.
Seguía tirada en el suelo, agarrada al brazo de Erick. Mi amigo y yo no dábamos crédito a lo que estaba pasando.
La mujer dijo algo, pero no hubo modo de entenderla, jamás había escuchado una lengua similar. Nuestra ignorancia hacia sus palabras parecía enfurecerla.
Sin más ni menos los dos hombres que le acompañaban nos agarraron a cada uno de un brazo y nos vimos forzados a ir con ellos.
Otra vez cautivos.



Llegamos a una aldea similar a la de los salvajes con la pequeña diferencia de que en aquel poseían cabañas, unas más grandes, otras más pequeñas, pero era un techo bajo el que dormir al fin y al cabo. Los niños corrían de un lado a otro sin parar de reír y jugar. También vi algún que otro lince de un tamaño más natural correteando por el lugar.
En general el ambiente se percibía más hogareño. Fuera como fuese aquel lugar me aportaba una tranquilidad que no lograba comprender. Sí, estábamos presos, otra vez, pero de algún modo me sentía tranquila, a salvo. Otra vez esa sensación de haber estado allí antes, una sensación de familiaridad que no podía negar.
Entramos en la cabaña más alejada de todas, donde nos esperaba una anciana sentada en una silla o un trono, dependiendo del punto de vista. Era un lugar bastante amplio, el suelo estaba cubierto por alfombras de piel. Frente a las paredes bien colocadas, había algunas estanterías con libros antiguos y diferentes botes de cristal con líquidos de colores extraños.  En las mesas había más de esos botecitos y hierbas por todas partes.
<< Si tuviera que apostarme algo diría que esta mujer es una especie de curandera >>.
Nos hicieron sentarnos sobre una alfombra de piel blanca,  delante de ella, que se quedó pasiva, mirándonos sin decir ni hacer nada. Al rato decidió que había llegado el momento de levantarse y comenzó a dar vueltas por toda la estancia, cogiendo cosas de un sitio y otro. parecía estar creando algún tipo de composición ya que mezclaba todo lo que agarraba en un bol. Dio una orden a la mujer que nos había capturado, otra vez en aquel extraño idioma. Esta asintió saliendo por la puerta y volviendo al poco rato con una jarra de barro llena de agua. La anciana la atrapó sin decir nada y la añadió  junto con el resto del mejunje. Cuando hubo terminado, vertió el contenido del bol en dos pequeños vasos y nos los ofreció a Erick y a mí, con un gesto que indicaba que nos lo tomásemos. El color del líquido que tenía ahora ante mí era de un rosa pastel que parecía saber a rayos.
- Bebe - Indique a mi amigo que me miraba dubitativo.
Más que una petición parecía que le hubiese dado una orden. Levante mi copa hacia el a modo brindis y trague todo el contenido de un sorbo. Me sorprendió ver que el sabor era más bueno de lo que aparentaba. Tenía un gusto un tanto dulzón.
La anciana volvió a situarse frente a nosotros juntando las palmas de su mano y mirándonos de tal modo que parecía nos estuviese evaluando.
- Muchachos, bienvenidos seáis a Tav, nuestra humilde aldea. - La voz sonó áspera y cansada pero al mismo tiempo era dulce e inspiraba confianza. si bien, era verdad que como por arte de magia logre entender las palabras que salían de sus labios, me pregunte que nos habría dado. Al no obtener respuesta alguna la anciana continuo con su palabrería - Mi nombre es Tina, decidme muchachos ¿Cómo os llamáis?
- Yo soy Fiora y mi amigo se llama Erik.
Estaba tan petrificado que conteste por él. Pensé que si quería salir ilesa de aquel lugar, e intentar averiguar de paso lo que acaecía, debía mostrarme amable y colaborar en lo que se me pidiera.
- ¿Sabéis lo que estáis haciendo aquí?
- Pues estábamos con unos amigos y…
- ¡Es ella! La reconozco perfectamente, Tina, es la…
- ¡Silencio Mel! - Le corto la anciana tajante.
Su voz sonaba ahora ronca y la dulzura de hacia un instante había desaparecido. Daba autentico terror. ¿Qué quería decir aquella chica con que me conocía? Debía estar confundiéndose, por más que la mirase no me sonaba de nada.
- Ve a buscarla, que venga lo antes posible.
- ¿A buscar a quién? - Interrumpí harta de tanto suspense.
- No te preocupes niña, pronto.
- Pero… ¿pronto qué?
- Llevadles a los aposentos de invitados y servidles comida caliente. - Ordeno Tina a los dos hombres que acompañaban a Mel - Debéis estar agotados muchachos.

El refugio era similar al de la anciana Tina. El suelo estaba cubierto de pieles, dos camas situadas cada una a un extremo de la habitación, y en el centro de la estancia se encontraba una mesa grande rodeada de dos asientos a cada lado.
- Esperad aquí, en seguida os servirán la comida.
Pasaron aproximadamente diez minutos. Diez minutos en los que mi amigo y yo no mediamos palabra alguna.  
una mujer cruzo el umbral y nos dejó sobre la mesa, un par de bandejas con dos platos de algo que parecía ser conejo, acompañado con un tipo de hongos y dos vasos de agua. Lo primero que hice fue vaciar el contenido del vaso por mi garganta.

- ¿Vamos a seguir fingiendo que aquí no ha pasado nada? ¡Esto es una locura! ¿Has visto esa tía? Era un gato gigante y luego ¡puf! ¿Me lo explicas Fiora? Por qué enserio no lo entiendo, por más vueltas que le dé yo no... - Erick estallo de repente, con un montón de dudas y preguntas que no podía resolver.
- Estoy igual que tu Erik.
- ¿Pero dónde coño estamos? Esto no parece…
- Disculpad
Mi amigo se vio interrumpido por la mujer que nos sirvió la cena poco antes. Esta entro con una gran jarra de agua y la deposito sobre la mesa.
- Tina, me ha pedido que te informe que pronto vendrá una persona a hablar contigo - concluyo mirándome.
- Que bien. - Contesto mi amigo de un modo irónico.
- ¿Hablar de qué? – pregunte con cierto tono de curiosidad
- Me he fijado en la quemadura de tu brazo,… te he traído este ungüento.   
La mujer haciendo caso omiso a mi pregunta continúo con su charla. Esperaba que dejase el bote y se fuese pero en lugar de eso se sentó a mi lado y comenzó a esparcir el ungüento por la herida. Que sensación tan agradable.
Ya no llevaba esas ropas de guerra que había vestido antes, en el campamento de los salvajes. En su lugar ahora se cubría con un largo vestido blanco y azul, con un gran lazo a la espalda.
- Perdona ¿Cómo te llamas?
-  Pu…pues Aisha.
- Que nombre tan bonito.
 Aisha sonrió ruborizada ante mi alago. Cuando hubo terminado de aplicarme la crema, se incorporó tendiéndome el ungüento para posteriores curas y se marchó, quedando la habitación de nuevo sumida en un incómodo silencio.

Transcurrió bastante tiempo desde que Aisha nos dijo que vendría alguien a conversar con nosotros. Aún continuaba con la duda de que querrían decirnos. Probablemente nos darían algún tipo de explicación de lo que estaba sucediendo, de quienes eran, de porque aquellas personas se transformaban en grandes felinos imponentes, y definitivamente, de por qué todo parecía tan diferente.
Erick se hallaba  sumido en un profundo sueño, arropado bajo las confortables ropas del lecho que habían tenido a bien prestarnos. El sueño también amenazaba con apoderarse de mí. Había sido un día largo y duro de mucha caminata y experiencias nuevas. Me reconfortaba pensar que al menos mi amigo y yo habíamos tenido la ocasión de llenar nuestros estómagos, pues ya creíamos que moriríamos de hambre antes de encontrar civilización.
Definitivamente la hora de irse a la cama había llegado. Si ese “alguien” venia tendría que esperar.


Me desperté con un horrible dolor de tripa y un malestar general. Al fin y al cabo la comida no me había sentado tan bien. Me levante a oscuras en busca de un poco de agua, palpando a tientas  por toda la estancia hasta que al fin encontré el vaso de agua, sobre la mesa, que estuve a punto de volcar.
- No recuerda nada.
- ¿Estas segura de eso?
Escuche un par de voces hablando fuera de la cabaña. Creí reconocer una de ellas. La otra me era terriblemente familiar pero no lograba encajarla.
- Esta  cambiada, ni siquiera me ha reconocido. Tenías que a ver visto su cara cuando la rescatamos de los salvajes, parecía que no hubiese visto un Tavih en su vida. - Era la voz de Mel.
- Bueno eso… eso no quiere decir nada, tal vez… tal vez…
- Afróntalo hermanita.
- Hablare con ella.
- ¿Ahora? ¿Estás loca? Acaba de dormirse has tardado una eternidad en llegar.
- Me atacaron los hombres de Dayron, no he podido llegar antes. - ¿Dayron? Ese nombre lo había escuchado antes, pero ¿Dónde? - Tienes razón. Ha sido un día muy duro para ella y el chico, que duerman.
¿Se marchaba? ¡No! Debía impedirlo, necesitaba respuestas inmediatas.
- ¡Alto! - Grite mientras me abalanzaba con ímpetu hacia la puerta, abriéndola de golpe y cayendo de rodillas ante las chicas. Erick se levantó de un brinco, probablemente asustado por mi berrido. Levante la mirada para ver a mi anfitriona junto a la persona que supuse que sería quien hablaría conmigo, quien me daría todas aquellas dichosas respuestas. Pero era imposible. No, no podía ser ella.

-¡Tú! 








Capítulo 4: ...

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