miércoles, 9 de abril de 2014

Isanrra: Capítulo 1 La cueva


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Erick, se presentó en casa de su amiga cuando está aún estaba por empezar a desayunar. Fiora se levantó de la mesa del comedor, gruñendo algo imperceptible, y fue a recibir a su amigo a la puerta.

- El desayuno es la comida más importante del día ¿Sabes? - Indico con cara de pocos amigos. Y volvió a girarse para regresar al comedor.

- Lo sé, lo sé, el desayuno es sagrado para ti. Come tranquila.

Erick, Se tiro sobre la alfombra del suelo mientras depositaba su mochila a un lado. Missi se acercó correteando hacia él y comenzó a ronronear y a restregarse al lado de la bolsa de este, erizando sus bigotes.

Fiora la observaba sin poder evitar recordar la primera vez que la llevo a su hogar, como podría olvidarlo. La pobre gata estaba tan asustada, que se escondió detrás del sofá, en donde pasaría varios días antes de confiar en ella.

<< ¿Qué mente enferma abandonaría a una criatura tan pequeña e indefensa? >> pensó mientras trataba de atraer a Missi hacia ella con un cachito de jamón. << Tal vez no fue así, tal vez su mama gata tuvo una camada por los alrededores y Missi se perdió. >>

Era asombroso lo rápido que crecía. Su pelaje era cortó y suave, de un color gris pardo con unas delgadas líneas negras aquí y allá. Gozaba de unos preciosos ojos esmeraldas, y le asomaban unos pelitos por detrás de las orejas. Hubo un tiempo en que Fiora pensó, que tal vez procediese de un linaje de linces, pero lo descarto al instante, ya que no habitaban por aquella zona.

Tras varios arrumacos, ronroneos, maullidos, incluso zarpazos cariñosos, Erick, al fin se decidió a sacar de la bolsa el pequeño taper, con cachitos de lomo de la cena del día anterior que había reservado para ella. Este, Siempre le guardaba lo que fuere que sobrase cuando su madre hacia exceso de comida, lo cual solía ser de forma muy continua.



Podría decirse que la muchacha desayuno tan rápido como le fue posible, pero si éramos honestos a la verdad, no se esforzó demasiado por apresurarse. Tras haber saciado su hambre, se encamino a su habitación, termino de preparar su morral y se desprendió de su pijama de ositos, sustituyéndolo ahora por unas mallas negras y una camisa de color azul.

Antes de proceder a abandonar su casa, Fiora, se despidió con un dulce besito de Missi, a la cual no pareció hacerla demasiada gracia, y se aseguró de dejar repartidos por toda la habitación, cuencos con pienso, para que no pasase hambre. Solo serían un par de días, pero como bien expresa el dicho, más valía prevenir que curar.



Desde que los muchachos comentaron que se organizaría una acampada, Fiora, no podía hacer más que deliberar y fantasear con todas las actividades complementarias que podrían realizar. Se presentaría voluntaria para recolectar madera y encender una fogata en donde asar la comida, le pediría a Cora, su mejor amiga, que fuese su ayudante en la labor, y así hablarían de todos los cotilleos que se habían perdido en aquellos meses. No obstante y a pesar de las elucubraciones de Fiora, ella sabía que nada sucedería así, sobre todo si teníamos en cuenta, que sus compañeros llevarían comida, y que probablemente no prendiesen una hoguera por miedo de crear un incendio forestal. Si tenían frio se cubrirían con sus sacos de dormir y si la comida estaba fría utilizarían el campin gas.



El gran todoterreno negro, circulo a través de la vegetación hasta donde el camino le permitió el acceso. Fue Luis quien se animó a llevar a Cora, Erick y por supuesto a Fiora. A su lado de copiloto, iba Megan, la novia de Luis, con la que llevaba ya sus cinco años, su primer amor. Fiora, iba tan ensimismada pensando en sus fantasías, que apenas fue consciente del trayecto hasta que el vehículo se detuvo frente a unos inmensos robles.

Como estos, fueron el primer grupo en llegar, tuvieron que esperar alrededor de veinte minutos a que el resto de sus amigos los alcanzase.

- Oye Fiora, ¿Qué te ha pasado en el cuello? - Pregunto Luis mientras sacaban las cosas del maletero.

- ¿A qué te refieres? - La muchacha palpo su cuello crispada - No tengo nada.

- Sí, es cierto tienes toda la zona morada ¿no te duele? - Los profundos grises ojos de Erick, se clavaron en Fiora a través de sus lentes, parecía un tanto molesto por no haberse fijado antes en las heridas de su amiga.

Ella Odiaba ser el centro de atención y en aquel momento todas las miradas se dirigían hacia su persona. No obstante no pudo evitar admitir que sus amigos estaban en lo cierto. Aquella noche algo raro había sucedido pues trataron de estrangularla, y a pesar de que todo fue un sueño y nada tenía sentido, cuando se miró en el espejo aquella mañana, observo unos pequeños hematomas rodeándola el cuello.

- ¡Ah! ¿Esto? - Pregunto señalando con el dedo índice el moratón de su garganta - no es nada, es solo que… soy sonámbula. - y con un sencillo gesto en la mirada dio a entender que la conversación había finalizado, cargo su mochila a la espalda, agarro la tienda de campaña de Erick con una mano y un faro con la otra, y comenzó a caminar hacia el sendero.





Anduvieron durante más de una hora, esquivando piedras, raíces, y toda clase de obstáculo que se interpusiese por el camino. Fiora tropezó en más de una ocasión, de no ser por sus compañeros, que la sujetaban asiduamente, hubiese caído en más de una vez.

Ningún sitio era perfecto para montar la tienda, <<nada demasiado terrorífico>> Pensó. “Que si esta zona queda demasiado a la intemperie, que si aquí hay demasiados árboles, tiene pinta de haber animales salvajes, hay muchas piedras, este suelo no me gusta…” Todo eran inconvenientes para sus amigos.

Una desesperación comenzaba a recorrer todo su cuerpo, cuando al fin parecieron hallar el lugar ideal, ¡menos mal! Las piernas de Fiora, comenzaban a sentirse como si de gelatina se tratase, a cada paso que daba más le temblaban, por no mencionar la mochila cargada sobre sus hombros, que como era de esperar, pesaba una barbaridad.

Cuando se detuvieron en la explanada, Fiora arrojo la mochila contra el suelo, poso sus manos sobre la cintura y recorrió la zona con la mirada. Pensó que aquel lugar no era nada que no hubiesen visto camino atrás, la misma vegetación salvaje, las mismas piedras y las mismas raíces. La única diferencia que parecía haber, era un árbol caído y ya medio podrió por la humedad.

- Vamos ayúdame a montar la tienda - Ordeno Erick.

-¿De verdad? - Preguntó atónita. Al ver que su amigo la miraba sin comprender continuo; - oh vamos, acabamos de llegar, tenía la esperanza de sentarme un rato y bébeme al menos cuatro litros de agua. - Pero Erick la echo una mirada severa que indicaba claramente que no iba a gozar de un descanso, al menos no por ahora.

- Bueno ¿y cómo vas, Sigues luchando por salvar al mundo de la invasión alienígena? - Preguntó el muchacho en tono burlón mientras le pasaba un extremo de la tienda a Fiora.

- ¿Qué?

- ¿Sigues teniendo esos sueños tan extraños?

Por supuesto Erick estaba al tanto de la existencia de sus quimeras. Normalmente se lo contaba todo, pero en aquella ocasión se vio obligada a hacerlo.

Cuando murió el padre de Fiora, está lo último que deseaba era permanecer sola en su hogar. La angustia y la depresión se apoderaban de ella, en el momento exacto en que no tuviese nada con lo que distraerse. Así pues, llamo a su amigo y le pidió que se quedase un par de días en su casa. La primera noche, Fiora volvió a soñar con Adelbert. En aquella ocasión, estos estaban solos, con la pequeña excepción de eran perseguidos por un grupo de hombres armados con espadas. Sus persecutores vestían todos del mismo modo, con ropas oscuras que tapaban prácticamente cada milímetro de su piel, un rasgo que les caracterizaba eran esos tatuajes que llevaban en la cara. Fiora y Adelbert corrían a la velocidad del viento a través del bosque, salteando los diferentes obstáculos que se interponían ante aquella libertad tan ansiada, pero el gran sentido del equilibro de Fiora volvió a traicionarla, terminando por tropezar con algo, y provocando así que uno de los hombres que los seguían, la capturase. Este agarró el brazo de la muchacha levantándola del suelo y atrayéndola hacia él, Fiora no pudo zafarse de sus garras y no tuvo tiempo de reaccionar antes de que aquel hombre fiero y con expresión sombría, la clavase un puñal en el abdomen.

En aquel instante Fiora se despertó aullando de dolor, palpando el lugar en que se clavó el puñal, pero no había nada, su abdomen estaba completamente limpio. Erick preocupado por su amiga, fue corriendo al dormitorio de esta, con el fin de averiguar que había ocasionado aquellos gritos de terror, y la encontró incorporada sobre la cama con una mirada de auténtico pánico sobre el rostro y chorreando de sudor.

Tras un largo rato conversando con él sobre los extraños sueños que la visitaban casi todas las noches, se sintió totalmente aliviada. No había sido consciente hasta ese momento, de lo mucho que necesitaba desahogarse con su mejor amigo, y no como siempre con su antiguo psicólogo, el cual no pareció ayudarla.

- ¡Ah! sabes que sí, no creo que se me pase de la noche a la mañana.

- Lo sé. ¿Y eso te lo has hecho durmiendo? - Preguntó señalando el moretón del cuello de su amiga, esta vez con expresión preocupada. - ¡Vamos, sé que no eres sonámbula! He dormido contigo un montón de veces.

- Admito que no sé cómo me lo he hecho, Erick, pero ¿Qué otra cosa puede ser? Anoche tuve un sueño en el que un hombre me agarraba del cuello, y hoy tengo esto - Señalo su moretón-. Lo más lógico es pensar que me estrangule a mí misma.

- ¿Has pensado en visitar otro terapeuta?

- ¿Otro? Ya he estado en doscientos loqueros y he probado con mil medicamentos y ninguno funciona. - Exageró

- Sigo pensando que deberías ir, no puedes seguir así Fiora ¡Mira lo que te has hecho! La próxima vez podría ser peor ¿Y si…

- ¡Listo! - Interrumpió ella haciéndole ver a su amigo que habían terminado de montar la tienda. Sonrió con descaro y dio por zanjada aquella conversación. Carecía de sentido hablar de ello, jamás se pondrían de acuerdo. Fiora detestaba los médicos, los psicólogos, los hospitales y todo lo que tuviese que ver con ellos. Tuvo suficientes experiencias con estos en el último año. No supieron ayudar a su padre con la enfermedad que portaba, y no lo harían con ella. Se prometió a si misma que si su vida no corría verdadero peligro de muerte, no volvería a dirigirles la palabra.

Ambos metieron el resto de sus pertenencias en el que sería su refugio nocturno, y extendieron los sacos de dormir para no tener que hacerlo más tarde.





Poco después, se reunieron con el resto del grupo, que ya habían terminado de montar el campamento, y se lo pasaron de fábula colocando en círculo algunos troncos, que utilizarían como asiento. Si los datos de Erick eran correctos, aquel seria el escenario que utilizaran los chicos para atormentarnos a las mujeres con sus estúpidas leyendas urbanas.

- ¡Vamos venid aquí colegas! - Gritó Luis al vernos llegar, y haciendo un gesto con la mano para que tomasen asiento - Estamos picando algo.

Fiora se fijó en la toalla que habían extendido sobre el suelo, con una infinidad de cosas variadas para picotear; Maíces, gusanitos, queso, pan, galletas, y un tipo de fruta que no le era familiar, entre otras cosas. Obedeció a Luis y se sentó junto a una chica que no conocía de nada, al mismo tiempo que agarraba un pequeño puñadito de maíces.

- Hola, yo soy Clara-. Señalo la chica mostrando una deslumbrante hilera de dientes. - No nos han presentado.

- Fiora, mucho gusto ¿quieres? - Extendió la mano ofreciéndole los maíces.

- No gracias, los he traído yo y ya estoy bastante llena.

<< ¡Mierda! A esto se le llama quedar mal. >> pensó.

- Muy ricos - sonrió.

Menudo lio, no sé le ocurría como salir de aquel embrollo. Miro a su mejor amiga Cora que se encontraba frente a ella, con ojos suplicantes. Cora estaba riendo, por lo que dedujo que debió de ver toda la abochornante escena, y no parecía que fuese a acudir en su rescate.

<< Tranquila, piensa. ¡No es justo! no sabía que había que traer cosas ¡No tengo nada que ofrecerle! >>

- Bueno… y ¿Qué haces, estudias o trabajas? - Pregunto Clara, la muchacha a la que acababa de conocer. Fiora Agradeció la pregunta, por fin algo de qué hablar. Sacar temas de conversación no era algo que se le diese especialmente bien.

- Trabajo en un supermercado a las afueras de mi pueblo ¿Y tú a que te dedicas?

- Estudio en la universidad.

La conversación concluyo en aquel instante. Clara se despidió, poniendo como excusa que debía hacer una llamada telefónica, algo que Fiora pudo agradecer, pues la charla se había tornado bastante incomoda.

No podía dejar de pensar en Missi, nunca antes había pasado una noche sola en casa, sabía que estaría bien y no obstante no podía evitar preocuparse ¿y si se sentía triste? ¿Y si pensaba que la había abandonado?

<< ¡Por favor, Fiora relájate! Estará bien, sabe cuidar de sí misma, es lista. >>

- ¡Fiora!

- ¡Madre de dios que susto me has dado!

La sutileza de Cora la devolvió de vuelta al planeta tierra, pero no de una pieza me temo.

- Jajaja lo siento. ¿Te vienes a dar una vuelta? Me apetece investigar un poco, y además me aburro de oír hablar tanto de videojuegos. - Parecía no querer aceptar un no por repuesta

- ¿Os importa si me apunto? - Intervino Erick. Su voz sonaba casi a suplica. - Si preferís estar solas lo entenderé.

- Por mí no hay problema - Concluyo Cora mientras se levanta y sacudía con gracia la suciedad del pantalón.

Fiora y Cora se conocían desde hacía poco tiempo, pero lo cierto era que habían conectado muy bien. Tanto que esta se había convertido en su mejor amiga. Cora era el tipo de mujer en la que todos los hombres se fijaban, rubia, ojos azules, un cuerpo espectacular, y para más inri una bellísima persona. Sin embargo Fiora era todo lo opuesto, una chica del montón, con la tez más bien pálida y una melena ondulada y roja que le llegaba por los hombros, y añadir que un tanto huraña y quejica.



Los tres muchachos cruzaron un sendero, que parecía estuviese hecho por humanos más que por la madre tierra. A cada lado del camino, bien posicionadas, había piedras de distintos tipos y tamaños. Realmente era una imagen digna de ver. Aun con todo, no era un pasaje agradable. Cada poco rato, les saludaban esas dichosas y elevadas cuestas que acabarían destrozándole por completo las piernas a Fiora, pues aún no se había repuesto del todo. Subían y subían, esa tortura no acabaría nunca. Llegó a plantearse si aquel lugar tendría una cima, un final. ¿Hasta dónde quería ir Cora? Se encontraba débil, hacia demasiado tiempo que no se pegaba esas caminatas y había perdido mucha resistencia. Por un momento deseo regresar al campamento, sentarse y comer algo. Sus amigos iban por delante de ella hablando de cosas intrascendentes, mientras la pobre muchacha luchaba por alcanzarlos.

Pero entonces, a lo lejos algo capto algo capto su atención. Una cueva. No estaba segura de si debía detener a Cora y Erick. Pero qué diablos, habían ido a investigar ¿no?

- ¡Eh chicos! Quiero ir allí. - Grito señalando en dirección a la cueva, mientras se mordía nerviosa el labio inferior.

Cora miro la entrada de la cueva con una expresión que no sabría definir. Finalmente ambos asintieron.

De lejos se veía deslumbrante. Un gran arco rocoso cubierto de estalactitas, sin embargo a la vista no parecía muy deteriorada. Una vez en el interior la imagen no era peor, El verde césped del suelo entraba hasta muy adentro del lugar y los rayos del sol se filtraban reflejándose en el pozo de agua azul que se mostraba a pocos metros de distancia. El cuadro era realmente espectacular. Parecía que el lugar tuviese una luz propia.

- Yo ya he estado aquí - Murmuro Fiora sin pensar.

- ¿Enserio? - Preguntaron al unísono sus compañeros - ¿Cuándo? - Prosiguió Erick.

Conocía a Erick desde que eran unos críos, sus padres eran coleguillas cuando estuvieron en la mili, y con el tiempo aún conservaron la amistad. Solían llevarlos al parque a patinar, una de las aficiones favoritas de Fiora por aquel entonces. Por no mencionar que siempre los inscribieron en los mismos colegios; desde parvulitos, hasta secundaria, siempre juntos.

- No lo sé.

La sensación de familiaridad era abrumadora, no lograba recordar cuando había estado allí. Tal vez de pequeña, en una de las muchas excursiones a las que iba con su padre. Era lógico que se le hubiese olvidado, pues ella tenía muy pocos años, y habían ido a tantos sitios que resultaba imposible recordarlos todos.

Cruzaron por al lado del pozo de agua azul y se adentraron por uno de los pasadizos. a pesar del gran temor que sentían de perderse, la curiosidad se apoderaba irremediablemente de ellos. Cora iba corriendo de un lado a otro, saltando y riendo como una niña pequeña, no se podría decir quien estaba más entusiasmada por estar allí.

-¡Mirad! - Bramo.

Se encontraban en una especie de estanque. El agua se veía pura y cristalina y no parecía tan profunda como la del pozo que habían dejado atrás. Parecía como si se tratase de aguas termales, pues un pequeño vapor de humo se alzaba sobre el agua.

- Mira está caliente. Tócala.

Fiora se inclinó a su lado mirándola fijamente a los ojos, hundió la mano en el agua y… no podría describirlo. Sí, estaba caliente pero… había algo más, un cosquilleo recorrió su brazo, no adivinaba lo que era pero quería más, quería sentirlo por todo el cuerpo, por todo su ser.

- ¿No os dan ganas de daros un chapuzón? -. Le sorprendió Cora. ¿Habría sentido lo mismo que Ella?

- Pero… Cora… no hemos traído el traje de baño, nos lo hemos dejado todo en el campamento - Indico Erick ruborizado.

- ¿Cuál es el problema? ¡Volvamos a por las mochilas, o metámonos con la ropa interior! ¡Venga! No aceptare un no como respuesta - La idea de quedarme en paños menores bajo la mirada de sus amigos no era algo que a Fiora la atrajese.

Fiora, sin responder a su amiga, aparto la vista de ella y de nuevo volvió a fijarla en aquellas aguas cristalinas sumergiéndose en un estado de absoluta tranquilidad y relajación.



 Capítulo 2 : Amnesia 

Jessy

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