miércoles, 7 de mayo de 2014

Isanrra: Capitulo 3 ¿Quién es ella?

Capítulo anterior: Amnesia 


Sentada sobre la alfombra de la sala, un intenso olor a chocolate recién hecho se filtró por mis orificios nasales. Mi padre, se encontraba en la cocina preparándolo para desayunar, como hacia cada año nuevo.
Una vez hubo terminado, entro en la sala con una bandeja de churros recién hechos. Como siempre, olvido echarle el azúcar por encima y se lo eche en cara.
- Te dejo los honores a ti, princesa - dijo mientras me revolvía sutilmente el cabello con la mano.
Entonces yo no tendría más de seis años.
- Fiora, Fiora
Escuche mi nombre. Más no era más que un suave susurro en la lejanía, y sin embargo me hizo volver al presente sacándome de mi hermoso ensueño.
Trate de despegar mis ojos pero pesaban demasiado. Las pestañas se me habían pegado y la luz del sol dañaba mi vista. Note una presión insoportable alrededor de las muñecas. Al principio todo era borroso y confuso. Cuando mi visión se tornó más nítida  logre ver a mi amigo con la espalda apoyada contra un poste y las manos atadas con una gruesa cuerda por detrás de él. Me costó darme cuenta de que me hallaba en su misma situación.
- ¿Qué ha pasado? - Logre decir con esfuerzo. Mi boca estaba seca. El sol nos daba plenamente y hacia muchísimo calor.
- Dardos tranquilizantes, supongo. Parece una tribu de salvajes.
- ¿Una que…? - No estaba segura de a ver oído bien - Y ¿Qué es lo que quieren?
- Nada bueno, seguro. Mira
Señalo alzando la cabeza hacia delante, mostrándome un panorama que me dejo anonadada.
Frente a mí se alzaba un caldero enorme, de cuya parte inferior ardían las llamas rojizas sobre unos trozos de madera seca. Tirados por alrededor, había una variedad inhóspita de huesos que aparentaban ser humanos. No necesite indagar demasiado para llegar a la conclusión de que aquellas bestias querían cocernos a fuego lento. Me costaba creerlo ¿De dónde habían salido? Tras tanto tiempo en busca de un mínimo de civilización y teníamos que toparnos con unos elementos como aquellos.
Vestían con pieles que no cubrían más que sus partes glamurosas.  Su tez era morena, maquillada con pintura de diferentes tonalidades. De igual modo portaban símbolos extraños por el resto del cuerpo y andaban con los pies descalzos. Algún que otro abalorio con forma de colmillo, adornaba el cuello, tobillos o muñecas de estos salvajes.
- Lo siento. Te he fallado.
La noche que perdí a mi padre, Erick prometió que cuidaría de mí por el resto de la eternidad, que no permitiría que me nada sucediese. Pude notar en su mirada que aquella situación lo estaba carcomiendo por dentro, y no se me ocurría como calmarlo. Deseaba decirle que saldríamos de aquella horrorosa situación, pero como hacerlo cuando todo pare estar en tu contra.
 - No es culpa tuya Erick. Nada de esto lo es. Quiero que sepas que no lo he pensado en ningún momento y nunca lo hare ¿De acuerdo? - Aclare. - Mírame a los ojos. ¡Mírame a los ojos y dime que lo entiendes!
Trate de hacerle entender que mi supervivencia no era responsabilidad suya. Me negaba a  que se sintiese mal por ello.
Finalmente asintió.
Uno de esos tipos, deduje que se trataba del jefe ya que destacaba entre los demás por la enorme corona de plumas que lleva en la cabeza, se puso frente a nosotros y empezó a berrear algo en una lengua que desconocía, a la par que alzaba los brazos. El resto de sus secuaces comenzaban a crear un círculo en torno nuestro mientras canturreaban al unísono y golpeaban el suelo con un bastón.
Mi amigo cada vez estaba más pálido. Podía ver sus esfuerzos por tratar de zafarse de las cuerdas y lo imite. Si teníamos las manos libres, habría una oportunidad de escapar. Pero por más que tiraba y retorcía mis muñecas no lograba soltarme, ni siquiera se aflojaron un poquito. Esos tipos sabían cómo hacer buenos nudos, estaba claro.
- Fiora si vamos a morir aquí, quiero que sepas que te quiero.
- Lo sé. Yo también te quiero Erik.
- ¡No! No lo has entendido - Resultaba difícil escucharle por debajo de los gritos de nuestros agresores - Me refiero a que llevo años enamorado de ti.
¿Qué? ¿Acaso creyó que aquel era el momento más indicado para confesarme algo así?
Me quede en blanco. De la sorpresa cedi en mi intento desesperado por tratar de aflojar mis cuerdas. ¿Qué debía decir? Ansiaba contarle lo mucho que lo amaba. Que lo quería. Pero no deseaba hacerlo de aquel modo, no bajo esa presión de muerte. Pero ¿Y si no había más oportunidades?  
- Yo… yo… - ¡Vamos Fiora ahora o nunca! - Yo también te amo. - Estalle entonces. Si, lo había dicho. Al fin.
Me hubiese ruborizado de no ser por el lugar y el momento en el  que nos encontrábamos.
Los cantos se tornaban ahora diferentes y los salvajes que bailaban en círculo a nuestro alrededor, se detuvieron y comenzaron a golpear el suelo con los pies. Primero despacio y luego cada vez más rápido.
Tenía miedo, mucho miedo. Era el final,  ¡Aquellos bestias iban a meterme viva en un caldero! Solo de imaginar el dolor, lo que se debía sentir.
Deseaba que se abriese un agujero y se me tragase para siempre. Quería dejar de sentir. No existir, no haber salido jamás de casa. Una lágrima se escapó recorriendo mi mejilla. Gire la cabeza hacia el lado opuesto de mi amigo. No podía verme llorar, tenía que ser fuerte por los dos, tenía  que ser valiente.
Los golpes cesaron y en su lugar se escuchaba ahora el impacto de sus pies chocando contra el suelo. El Jefe hizo una especie de señal y también finalizaron los canticos.
Alargo el brazo señalándome con un dedo acusador mientras dejaba ver una media sonrisa siniestra en el rostro. Daba pavor.
Dos de sus esbirros se arrimaron a mí, uno de ellos llevaba un cuchillo en la mano. Temí lo peor. La sonrisa del tipo armado daba escalofríos. Alzo el artefacto aproximándose cada vez más y corto las cuerdas que me mantenían prisionera. En aquel instante, antes de que me diese tiempo a reaccionar, ambos hombres agarraron mis brazos, y me levantaron en el aire como si se tratase de una pluma.
No podría expresar lo aterrorizada que me sentí, y para más desgracia Erick no paraba de gritar que me soltasen, que le llevasen a él, que me dejasen libre. No quería que le llevaran. Ni tampoco que me llevasen a mí.
Haciendo acopio de valor, me revolví ante mis agresores gritando, intentando zafarme, pero eran enormes y muy fuertes.
La angustia comenzaba a recorrer cada célula de mi cuerpo. Ya no faltaba demasiado para ser asesinada a fuego lento y no podía hacer nada para evitarlo.
Me alzaron y comenzaron a arrimarme hacia la pira, ya casi estaba dentro,  podía sentirlo. el calor que emanaba de aquel enorme caldero recorría mis piernas temblorosas.  Me faltaba el aire, no podía respirar. Era el final, mi final.  Conforme me iban introduciendo en la olla, podía notar un leve mareo aproximándose. Iba a desmayarme.  Ya no podía mantener la compostura, la visión era borrosa… No.
A punto de perder el conocimiento, por alguna razón desconocida, sentí como las manos opresoras me soltaron. Choque contra el borde de la caldera y caí al suelo estampándome contra  las llamas que aun ardían, y por ende quemándome en el hombro.
Tenía los ojos humedecidos por las lágrimas y la vista aun difusa. Pero Lo que había frente a mí me dejo sin habla.
Era absurdo, posiblemente tan solo se tratase del producto de mi imaginación. Linces, eran linces enormes, tan grandes como lo puede ser una vaca o un burro. Tan altos como yo... ¿Pero qué diantres ocurría allí? Conté cuatro, luchaban fieramente contra los caníbales que hasta hace poco me tenían bajo sus dominios. Reaccione tan deprisa como pude y fui gateando hacia Erick. Trate de desatar sus cuerdas con desesperación, más no lo conseguí. el nudo era fuerte. Busque alrededor en busca de algo afilado que pudiese servirme, pero no encontré nada.
Uno de esos gatos enormes se estaba acercando demasiado a nosotros. Caminada de un modo hermoso, elegante,  pero a la par imponente. Las orejas echadas hacia atrás indicaban el descontento del felino. Sus fauces abiertas dejaban entre ver unos enormes y afilados colmillos blancos, y de su garganta brotaba un pequeño gruñido amenazador. Era el fin. En lugar de morir hervidos yaceríamos bajo las fauces de un… ¿Mutante?, ¿Experimento de laboratorio?
El felino empezó a convulsionarse, la imagen se volvió difusa un instante, y esa vez no eran solo yo. Erick estaba igual de perplejo, por lo que supe que no lo había imaginado.
- ¿Se acaba de transformar… en… en una chica? - Farfullo mi amigo.
Ante nosotros se alzaba ahora una hermosa mujer, de cabellos castaños con ojos brillantes y almendrados. Al igual que los salvajes también cubría su cuerpo con prendas de piel, mas esta parecía tener cierto estilo a la hora de vestirlas. Llevaba un top marrón con un solo tirante medio caído, que se le apoyaba en el hombro izquierdo, una falda del mismo tono, no demasiado larga y acabada en pequeños piquitos, y calzaba unas botas que le subían por encima de los tobillos. Su piel era tan bronceada que le daba un aspecto muy feroz y atractivo a la vez.
Se acercó a nosotros a la par que sacaba una daga del cinturón con aire sospechoso. Ante mi sorpresa aquella mujer corto las cuerdas que tenían preso a mi amigo. Sus tres compañeros, Dos hombres y una mujer, todos con vestimentas similares, se habían transformado también sin que siquiera me percatase de ello y se hallaban ahora tras la muchacha.
<<Ella debe ser la líder>> pensé.
Seguía tirada en el suelo, agarrada al brazo de Erick. Mi amigo y yo no dábamos crédito a lo que estaba pasando.
La mujer dijo algo, pero no hubo modo de entenderla, jamás había escuchado una lengua similar. Nuestra ignorancia hacia sus palabras parecía enfurecerla.
Sin más ni menos los dos hombres que le acompañaban nos agarraron a cada uno de un brazo y nos vimos forzados a ir con ellos.
Otra vez cautivos.



Llegamos a una aldea similar a la de los salvajes con la pequeña diferencia de que en aquel poseían cabañas, unas más grandes, otras más pequeñas, pero era un techo bajo el que dormir al fin y al cabo. Los niños corrían de un lado a otro sin parar de reír y jugar. También vi algún que otro lince de un tamaño más natural correteando por el lugar.
En general el ambiente se percibía más hogareño. Fuera como fuese aquel lugar me aportaba una tranquilidad que no lograba comprender. Sí, estábamos presos, otra vez, pero de algún modo me sentía tranquila, a salvo. Otra vez esa sensación de haber estado allí antes, una sensación de familiaridad que no podía negar.
Entramos en la cabaña más alejada de todas, donde nos esperaba una anciana sentada en una silla o un trono, dependiendo del punto de vista. Era un lugar bastante amplio, el suelo estaba cubierto por alfombras de piel. Frente a las paredes bien colocadas, había algunas estanterías con libros antiguos y diferentes botes de cristal con líquidos de colores extraños.  En las mesas había más de esos botecitos y hierbas por todas partes.
<< Si tuviera que apostarme algo diría que esta mujer es una especie de curandera >>.
Nos hicieron sentarnos sobre una alfombra de piel blanca,  delante de ella, que se quedó pasiva, mirándonos sin decir ni hacer nada. Al rato decidió que había llegado el momento de levantarse y comenzó a dar vueltas por toda la estancia, cogiendo cosas de un sitio y otro. parecía estar creando algún tipo de composición ya que mezclaba todo lo que agarraba en un bol. Dio una orden a la mujer que nos había capturado, otra vez en aquel extraño idioma. Esta asintió saliendo por la puerta y volviendo al poco rato con una jarra de barro llena de agua. La anciana la atrapó sin decir nada y la añadió  junto con el resto del mejunje. Cuando hubo terminado, vertió el contenido del bol en dos pequeños vasos y nos los ofreció a Erick y a mí, con un gesto que indicaba que nos lo tomásemos. El color del líquido que tenía ahora ante mí era de un rosa pastel que parecía saber a rayos.
- Bebe - Indique a mi amigo que me miraba dubitativo.
Más que una petición parecía que le hubiese dado una orden. Levante mi copa hacia el a modo brindis y trague todo el contenido de un sorbo. Me sorprendió ver que el sabor era más bueno de lo que aparentaba. Tenía un gusto un tanto dulzón.
La anciana volvió a situarse frente a nosotros juntando las palmas de su mano y mirándonos de tal modo que parecía nos estuviese evaluando.
- Muchachos, bienvenidos seáis a Tav, nuestra humilde aldea. - La voz sonó áspera y cansada pero al mismo tiempo era dulce e inspiraba confianza. si bien, era verdad que como por arte de magia logre entender las palabras que salían de sus labios, me pregunte que nos habría dado. Al no obtener respuesta alguna la anciana continuo con su palabrería - Mi nombre es Tina, decidme muchachos ¿Cómo os llamáis?
- Yo soy Fiora y mi amigo se llama Erik.
Estaba tan petrificado que conteste por él. Pensé que si quería salir ilesa de aquel lugar, e intentar averiguar de paso lo que acaecía, debía mostrarme amable y colaborar en lo que se me pidiera.
- ¿Sabéis lo que estáis haciendo aquí?
- Pues estábamos con unos amigos y…
- ¡Es ella! La reconozco perfectamente, Tina, es la…
- ¡Silencio Mel! - Le corto la anciana tajante.
Su voz sonaba ahora ronca y la dulzura de hacia un instante había desaparecido. Daba autentico terror. ¿Qué quería decir aquella chica con que me conocía? Debía estar confundiéndose, por más que la mirase no me sonaba de nada.
- Ve a buscarla, que venga lo antes posible.
- ¿A buscar a quién? - Interrumpí harta de tanto suspense.
- No te preocupes niña, pronto.
- Pero… ¿pronto qué?
- Llevadles a los aposentos de invitados y servidles comida caliente. - Ordeno Tina a los dos hombres que acompañaban a Mel - Debéis estar agotados muchachos.

El refugio era similar al de la anciana Tina. El suelo estaba cubierto de pieles, dos camas situadas cada una a un extremo de la habitación, y en el centro de la estancia se encontraba una mesa grande rodeada de dos asientos a cada lado.
- Esperad aquí, en seguida os servirán la comida.
Pasaron aproximadamente diez minutos. Diez minutos en los que mi amigo y yo no mediamos palabra alguna.  
una mujer cruzo el umbral y nos dejó sobre la mesa, un par de bandejas con dos platos de algo que parecía ser conejo, acompañado con un tipo de hongos y dos vasos de agua. Lo primero que hice fue vaciar el contenido del vaso por mi garganta.

- ¿Vamos a seguir fingiendo que aquí no ha pasado nada? ¡Esto es una locura! ¿Has visto esa tía? Era un gato gigante y luego ¡puf! ¿Me lo explicas Fiora? Por qué enserio no lo entiendo, por más vueltas que le dé yo no... - Erick estallo de repente, con un montón de dudas y preguntas que no podía resolver.
- Estoy igual que tu Erik.
- ¿Pero dónde coño estamos? Esto no parece…
- Disculpad
Mi amigo se vio interrumpido por la mujer que nos sirvió la cena poco antes. Esta entro con una gran jarra de agua y la deposito sobre la mesa.
- Tina, me ha pedido que te informe que pronto vendrá una persona a hablar contigo - concluyo mirándome.
- Que bien. - Contesto mi amigo de un modo irónico.
- ¿Hablar de qué? – pregunte con cierto tono de curiosidad
- Me he fijado en la quemadura de tu brazo,… te he traído este ungüento.   
La mujer haciendo caso omiso a mi pregunta continúo con su charla. Esperaba que dejase el bote y se fuese pero en lugar de eso se sentó a mi lado y comenzó a esparcir el ungüento por la herida. Que sensación tan agradable.
Ya no llevaba esas ropas de guerra que había vestido antes, en el campamento de los salvajes. En su lugar ahora se cubría con un largo vestido blanco y azul, con un gran lazo a la espalda.
- Perdona ¿Cómo te llamas?
-  Pu…pues Aisha.
- Que nombre tan bonito.
 Aisha sonrió ruborizada ante mi alago. Cuando hubo terminado de aplicarme la crema, se incorporó tendiéndome el ungüento para posteriores curas y se marchó, quedando la habitación de nuevo sumida en un incómodo silencio.

Transcurrió bastante tiempo desde que Aisha nos dijo que vendría alguien a conversar con nosotros. Aún continuaba con la duda de que querrían decirnos. Probablemente nos darían algún tipo de explicación de lo que estaba sucediendo, de quienes eran, de porque aquellas personas se transformaban en grandes felinos imponentes, y definitivamente, de por qué todo parecía tan diferente.
Erick se hallaba  sumido en un profundo sueño, arropado bajo las confortables ropas del lecho que habían tenido a bien prestarnos. El sueño también amenazaba con apoderarse de mí. Había sido un día largo y duro de mucha caminata y experiencias nuevas. Me reconfortaba pensar que al menos mi amigo y yo habíamos tenido la ocasión de llenar nuestros estómagos, pues ya creíamos que moriríamos de hambre antes de encontrar civilización.
Definitivamente la hora de irse a la cama había llegado. Si ese “alguien” venia tendría que esperar.


Me desperté con un horrible dolor de tripa y un malestar general. Al fin y al cabo la comida no me había sentado tan bien. Me levante a oscuras en busca de un poco de agua, palpando a tientas  por toda la estancia hasta que al fin encontré el vaso de agua, sobre la mesa, que estuve a punto de volcar.
- No recuerda nada.
- ¿Estas segura de eso?
Escuche un par de voces hablando fuera de la cabaña. Creí reconocer una de ellas. La otra me era terriblemente familiar pero no lograba encajarla.
- Esta  cambiada, ni siquiera me ha reconocido. Tenías que a ver visto su cara cuando la rescatamos de los salvajes, parecía que no hubiese visto un Tavih en su vida. - Era la voz de Mel.
- Bueno eso… eso no quiere decir nada, tal vez… tal vez…
- Afróntalo hermanita.
- Hablare con ella.
- ¿Ahora? ¿Estás loca? Acaba de dormirse has tardado una eternidad en llegar.
- Me atacaron los hombres de Dayron, no he podido llegar antes. - ¿Dayron? Ese nombre lo había escuchado antes, pero ¿Dónde? - Tienes razón. Ha sido un día muy duro para ella y el chico, que duerman.
¿Se marchaba? ¡No! Debía impedirlo, necesitaba respuestas inmediatas.
- ¡Alto! - Grite mientras me abalanzaba con ímpetu hacia la puerta, abriéndola de golpe y cayendo de rodillas ante las chicas. Erick se levantó de un brinco, probablemente asustado por mi berrido. Levante la mirada para ver a mi anfitriona junto a la persona que supuse que sería quien hablaría conmigo, quien me daría todas aquellas dichosas respuestas. Pero era imposible. No, no podía ser ella.

-¡Tú! 








Capítulo 4: ...

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